Sónar 2026 · Jueves 18 de junio de 2026
La 33ª edición del festival Sónar arrancó el jueves 18 de junio bajo el peso de una transformación sin precedentes en su historia reciente. El festival que durante décadas había dividido sus jornadas entre un Sónar de Día en el recinto de la Fira Montjuïc (anteriormente en el CCCB / MACBA) y un Sónar de Noche en la Fira Gran Via, estrenaba ahora un formato unificado: toda la programación musical concentrada en el recinto ferial de L’Hospitalet, desde las cinco de la tarde hasta las tres de la madrugada para la jornada inaugural. El cambio llegaba acompañado de un relevo en la dirección artística (François Jozic, fundador de Brunch Electronik, sustituía al equipo fundador de Enric Palau, Sergi Caballero y Ricard Robles) y de una nueva imagen gráfica diseñada por Boldtron que presentaba el festival como un organismo en mutación. El veredicto del público sobre estos cambios fue, al menos el primer día, un poco ambiguo: había quienes agradecían la continuidad y la logística simplificada, y quienes no se acabaron de adaptar del todo a los nuevos espacios que sustituyen a Sónar de Día y que ya no funcionan como dos espacios separados.

La jornada comenzó antes de llegar a la Fira Gran Via, en la Llotja de Mar, nueva sede del Sónar+D después de años en el Museu d’Art Contemporani. Eneritz Tejada, tecnóloga e investigadora de medios interactivos, es una artista que desarrolla su actividad desde el cruce entre el cuerpo y la tecnología. En el Stage+D ofreció una charla y presentó una demo en torno a su proyecto Blinding Universe, red interdisciplinar dedicada a la exploración de los dispositivos wearables.

En escena, con una bailarina y una selección de sus propios artefactos, Tejada mostró cómo el código, el hardware y el movimiento humano pueden construir música y performance en tiempo real: los dispositivos recopilaban datos y reaccionaban a los movimientos de la bailarina, creando un diálogo táctil entre cuerpo y máquina que, en el contexto de un Sónar+D estrenando ubicación en pleno centro histórico, tuvo algo de manifiesto sobre cómo la tecnología puede volver a ser cosa de pieles y articulaciones.

Justo a continuación, el Stage+D acogió Fitnesss & Riusforza con ( ) [Kenosis], la primera colaboración entre estos dos performers con registros muy distintos. Fitnesss (artista de Los Ángeles, batería del grupo de Yeule) irrumpió en el espacio equipado con un exoesqueleto de diseño propio y controladores de luz y sonido, lanzándose literalmente sobre el público con la intención de generar una explosión de energía colectiva. Riusforza, afincado en Madrid, lleva años desarrollando un lenguaje coreográfico propio que fusiona artes marciales, danza clásica y contemporánea e imágenes en movimiento. Juntos transformaron el Stage+D en escenario, teatro y pista de baile al mismo tiempo, con la participación del público como ingrediente imprescindible de una catarsis que, en sus mejores momentos, hizo que la frontera entre performer y espectador desapareciera por completo.

De la Llotja de Mar nos vamos a la Fira Gran Via. Antes de que el SonarHall tomara el protagonismo de la noche, el nuevo SonarVillage ponía a prueba su nueva identidad como primer escenario en marcha desde la apertura de puertas. El espacio ocupa el lugar del antiguo SonarPub, y la comparación es inevitable: el césped artificial sigue ahí, con su vocación de zona de descanso y punto de encuentro, pero la escala y la intención han cambiado. La sesión de MALUGI b2b Benwal fue una buena demostración de hacia dónde apunta el nuevo SonarVillage, para bien y para mal. El alemán MALUGI (con actuaciones en Panorama Bar, el Warehouse Project o Awakenings) y el neerlandés Benwal, surgido de la escena underground de Groningen y ya con dos Boiler Rooms virales a sus espaldas, se alternaron los platos con un house rápido que cumplió su función de calentamiento sin demasiadas complicaciones. El problema es que en el Sónar el calentamiento siempre ha tenido algo más de carácter: el set sonó a mezcla diseñada para mantener el pulso sin arriesgar demasiado, efectiva en términos de pista de baile pero poco memorable más allá de eso. El público, todavía orientándose por el nuevo recinto, respondió con ganas; la sesión, en cambio, pasará sin dejar huella.
Del Village saltamos al SonarHall, escenario del antiguo Sónar de Día que sigue manteniendo sus características cortinas rojas. Allí Michel Amato, más conocido como The Hacker, ofreció un set que sonó a regreso a las raíces más duras de su discografía. El autor de «Rêves Mécaniques» y cofundador del sello GoodLife construyó una sesión navegando entre el techno, el EBM y el electroclash y que nos recordó por qué sigue siendo referencia para generaciones de productores underground. El público respondió muy entregado, si bien la afluencia a primera hora de la noche todavía delataba cierta cautela en un jueves inaugural que para muchos era también una toma de contacto con la nueva configuración del festival.

La siguiente actuación fue una de las más esperadas de la jornada: Cabaret Voltaire, también en el SonarHall. Formados en Sheffield en 1973, Stephen Mallinder y Chris Watson (que el pasado octubre celebraron su reunión en el Sensoria Festival de su ciudad natal tras la muerte de Richard H. Kirk en 2021) llevan sobre sus hombros buena parte de la historia del industrial, el post-punk electrónico y el dance underground británico. Nag Nag Nag, Sensoria, la brutalidad sintética de sus años en Rough Trade: el bagaje es descomunal. El concierto en el SonarHall funcionó como una reivindicación de todo aquello que el Sónar lleva décadas celebrando (la vanguardia que precede a los géneros, la música que incomoda antes de que la escena la asimile), y la recepción del público fue cargada de respeto y algo de emoción contenida por ver a una banda de culto como Cabaret Voltaire.

Boys Noize tomó el relevo en el SonarPark. Alex Ridha, el productor germano-iraquí que lleva dos décadas mutando entre el acid, el techno y el electro más descarnado desde Berlín, ofreció un set al aire libre que aprovechó bien la escala del nuevo SonarPark (más grande, más ambicioso que en ediciones anteriores, con una programación extendida) para desplegar un techno físico y sin concesiones. La coproducción de tracks para la banda sonora de Tron: Ares y su paso como telonero de la gira de Nine Inch Nails habían añadido nuevas capas a su perfil; aquí sonó a Boysnoize en estado puro, y la respuesta del público al aire libre fue de las más enérgicas de la noche.

Daniel Avery cerró la jornada del jueves en el SonarHall a partir de medianoche, y lo hizo en el formato que lleva explorando desde el show del Barbican londinense de finales del año pasado: con banda en directo. El autor de «Drone Logic» (2013), «Song for Alpha» (2018) y el reciente «Tremor» (2025, Domino) estructuró la actuación en tres bloques, alternando momentos con banda y un tramo en solitario. La primera parte arrancó con Until the Moon Starts Shaking y continuó con las versiones expandidas de Greasy off the Racing Line e Infinite Future, con la banda sumando capas que en disco tienen más de construcción arquitectónica que de acompañamiento convencional.

La segunda parte, en solitario, recuperó material de «Drone Logic» y «Love + Light» (Naive Response, Need Electric en su 2023 Redux Edit) y demostró que Avery sabe leer el público de una sala: después del techno físico de Boys Noize, el descenso hacia la electrónica más envolvente funcionó como una pausa antes del tercer acto. La tercera parte regresó a la banda para culminar con Drone Logic, el tema que titula su álbum debut y que, más de una década después, sigue siendo uno de los momentos más cargados de sus directos. Fue un buen cierre para una primera jornada que había prometido mucho y cumplió lo suficiente como para que el escepticismo ante los cambios del festival empezara, poco a poco, a disolverse.
Imágenes: Toni Rosado
