Sónar Día · Viernes 13 de junio
El viernes trajo la sensación de que el festival Sónar, por fin, arrancaba. Aumentó la asistencia, la temperatura y la tensión entre propuesta artística y celebración de masas. Tras un jueves más introspectivo, el segundo día equilibró las pulsiones: compromiso y fiesta, reflexión y sudor. Sónar volvía a parecerse a sí mismo, aunque ya no del todo.
El día comenzaba con Niño de Elche y Raül Refree en el Complex, un espectáculo de título críptico (cru+es) donde flamenco, misticismo escénico y composición delicada se unieron bajo el azul teatral de Marta Pazos. Una apertura íntima, bella y cargada de simbolismo.

Teto Preto ofrecía en SonaPark un set directo desde el under brasileño. El colectivo brasileño, fiel a su estética provocadora y política, desplegó un set más cercano a la performance que a la sesión electrónica convencional. Con visuales explícitas y referencias a la represión policial, la transfobia y el colonialismo, no tardaron en hacer alusión directa a Palestina: a mitad del set, un integrante del grupo tomó el micrófono para leer un manifiesto en apoyo a la resistencia palestina, mientras en pantalla se proyectaban imágenes de manifestaciones globales contra la ocupación israelí. Su mezcla de electrónica, punk y discurso político atrajo la atención pero no terminó de cuajar: muchos curiosos, poco enganche real.
Después de Teto Preto, nos trasladamos al escenario SonarHall para disfrutar de «Continuum», la colaboración entre Alva Noto y Fennesz. La propuesta, centrada en la fusión de texturas digitales y la improvisación, mantuvo un tono sobrio y meditativo, podríamos decir que con precisión quirúrgica. La pieza no incorporó referencias políticas explícitas, pero la densidad ambiental de la interpretación podría compararse con la situación actual de colapso en la que nos encontramos. A nivel musical, la coordinación entre Alva Noto y Fennesz fue impecable, en un ejercicio de escucha mutua donde el silencio fue tan protagonista como el sonido.
Nos estrenamos en el SonarComplex (el auditorio de Fira Montjuïc) para disfrutar del nuevo proyecto de Tarta Relena, «És pregunta». El dúo catalán se reafirmó como una de las propuestas más sólidas del panorama experimental vocal. Clara y Helena tejieron una red de voces que partían del folclore mediterráneo para llegar a composiciones propias de gran densidad poética. Antes de comenzar su último tema, hicieron una breve declaración en catalán en la que se solidarizaban con el pueblo palestino y denunciaban “la indiferència de la indústria cultural davant el genocidi”. Fue una de las pocas menciones explícitas que consiguió mantener la coherencia estética y emocional dentro del concierto sin desviar la atención de la música.
Nos dirigimos al escenario principal, SonarVillage, para disfrutar de la sesión de una de los tótems de la electrónica, Honey Dijon, quien trasladó a Sónar sus beats y energía. Su propuesta, centrada en el house clásico con toques techno, fue eficaz pero, sinceramente, bastante predecible. En este contexto, su silencio frente al genocidio de Palestina por parte de Israel y el resto de conflictos mundiales contrastó con la actitud de otros artistas del cartel. La disonancia no pasó desapercibida para una parte del público, especialmente tras conocerse su defensa pública del festival en redes días antes, donde relativizó el impacto del vínculo con KKR.
Finalizamos nuestro paso por Sónar Día del viernes con el concierto de Maria Arnal en SonarHall, probablemente el momento más esperado de la jornada para muchos. Con una puesta en escena sobria y centrada en la voz y el cuerpo, presentó Ama, una pieza a medio camino entre concierto, ritual escénico y experimento sonoro que, por su formato y el protagonismo absoluto de la artista, recordó en cierto modo a la presentación de Rosalía años atrás. Antes de comenzar, se proyectó un comunicado en el que Arnal y su equipo condenaron “el genocidio que el gobierno israelí inflige al pueblo palestino” y defendieron convertir el escenario en un altavoz. Sobre él, cinco bailarinas de La Veronal modulaban en directo la voz de Arnal mediante dispositivos colocados en sus brazos, incorporando la inteligencia artificial como herramienta expresiva.
En uno de los momentos del show, Tania García y Yerai Cortés se sumaron para interpretar una de las canciones que formaron parte de un repertorio muy bien seleccionado, que alternó temas en castellano y catalán, fusionando pop, sonidos urbanos y elementos clásicos, con el órgano como recurso habitual en las presentaciones de Maria. Al final, la artista mostró una pancarta con el mensaje Palestina lliure, cerrando así un espectáculo que combinó emoción y compromiso sin caer en la grandilocuencia.
Sónar Noche · Viernes 13 de junio
La primera noche del Sónar mantuvo la dinámica habitual. Algunos llegaron directamente desde casa y otros prolongaron la energía acumulada en Plaza España para volcarse en esta megaestructura de L’Hospitalet, que recibe al público con una presión sonora contundente que reverbera en toda su arquitectura metálica.
La fórmula del festival se repite: el viernes, los artistas locales encargados de abrir el SonarClub fueron Ylia y Phran, dos nombres consolidados de la escena nacional, que estrenaron su nuevo proyecto audiovisual People You May Know.
Más tarde, el dúo Bicep asumió el rol de cabeza de cartel. Queda lejos la etapa de su blog Feel My Bicep, centrado en recomendaciones de vinilos: ahora presentan un set donde el control de los decks se apoya en la dirección visual y la escenografía del diseñador Zak Norman, pensado para grandes audiencias.
En el extremo opuesto del recinto, el japonés Daito Manabe ofreció uno de los directos más sólidos de la noche, con una sincronización precisa entre proyección y síntesis sonora que mantuvo la atención del público en un clima constante, rematado por un cierre bien resuelto. En el mismo espacio, poco después, Max Cooper presentó un nuevo directo muy esperado, que tuvo que interrumpirse al poco tiempo debido a fallos técnicos.
De vuelta al SonarClub, la surcoreana Peggy Gou concentró a una multitud. Su sesión combinó house clásico y algunos de sus temas propios, manteniendo un ambiente festivo que refuerza su estatus de DJ de gran tirón internacional y figura de referencia mediática.
En el SonarLab, la DJ local Naguiyami inauguró la pista con una selección rítmica y coherente que ella define como Asekaki odori —“el baile del sudor”. Más tarde, Sicaria mantuvo la energía con una sesión de tempo alto que, pese a arrancar con la pista parcialmente vacía, acabó llenando el espacio a base de mezclas seguras y contundentes.
En el mismo escenario, Pa Salieu firmó uno de los directos más destacados de la noche. El rapero y cantante británico de origen gambiano interpretó su álbum Afrikan Alien acompañado de batería, percusión, teclados y trompeta, consolidando su propuesta dentro de la línea diversa del festival.
En el SonarCar, convertido en un elegante miniclub que funciona como refugio dentro del extenso recinto de cemento y metal, se presentó el dúo peruano Dengue Dengue Dengue. Con su habitual puesta en escena enmascarada, ofrecieron un set de electrónica de tintes tropicales, donde confluyen ritmos afrolatinos, referencias a la chicha peruana, techno psicodélico y fragmentos de drum’n’bass, que lograron crear una atmósfera vibrante y envolvente.
En conjunto, la primera noche del Sónar cumplió con su esquema habitual: buena ejecución técnica, algunos contratiempos puntuales y una programación que confirma al festival como un punto de encuentro para tendencias y nombres clave de la escena electrónica actual.
Texto: Germán Pérez