Texto: Cristina Garrote
Imágenes: Meritxell Rosell
Miércoles-Jueves | Viernes | Sábado
Cruïlla 2025: comunidad, pogos y la vida cañón
El Cruïlla celebró sus 15 años como mejor sabe: mezclando generaciones, géneros, idiomas y causas. Una edición que, a pesar de los imprevistos, reafirmó su esencia, ese espíritu de comunidad que ya es marca registrada.
Del 9 al 12 de julio, el Parc del Fòrum volvió a convertirse en refugio sonoro y emocional. Con 82.000 asistentes repartidos en cuatro días, la edición 2025 fue una oda a la diversidad musical: del punk combativo a los himnos pop, pasando por la épica indie o el revival noventero. Una programación pensada para conectar desde la emoción, lo político y lo festivo, sin perder la comodidad que lo diferencia. Ni la amenaza de la tormenta pudo frenar las ganas. Cruïlla volvió a demostrar que la música en directo sigue siendo una trinchera luminosa.
Miércoles: juventud y energía
La jornada inaugural tuvo un sabor joven y refrescante. Girl in Red encendió al público con su pop confesional y queer, en uno de los directos más esperados por la Gen Z.

Lia Kali conectó con su mezcla de soul, reggae, flamenco, música urbana y actitud callejera.

Balma, con su ‘soft bakala’, transformó el festival en una pista de baile. Y el pop íntimo de Gracie Abrams fue el clímax emocional del primer día.

Jueves: provocación y legado punk
El regreso de Fermin Muguruza fue uno de los momentos más intensos del festival. Punk, ska, lucha antifascista y memoria. El público lo recibió como a un viejo amigo de los que nunca fallan, cerrando su concierto con un himno inmortal: ‘Sarri Sarri’.

Y luego apareció St. Vincent, Annie Clark transformada en un personaje que parecía surgir del cruce entre la poesía rebelde de Patti Smith, la intensidad cruda de PJ Harvey y la majestuosidad teatral de una diva del glam oscuro. En el escenario, su presencia era magnética, misteriosa y desbordante, como si David Bowie hubiese dejado un rastro invisible para que ella lo recogiera y reinventara. Un huracán de teatralidad y descontrol que redefinió el poder femenino en la música contemporánea.

Uno de los momentazos fue sin duda el de Sex Pistols (o lo que queda de ellos) con Frank Carter al micrófono. Pogos, sudor, ‘Anarchy in the U.K.’ y cero presencia visual de Johnny Rotten. Ni una mísera foto en pantalla. ¿Un borrado intencionado? ¿Una decisión estética? ¿Un acto de punk tardío? Quién sabe, pero no pasó desapercibido. Carter lo dio todo: carisma, sangre y algo que se pareció más a un karaoke sudoroso que a un concierto real. Y eso fue parte del encanto.

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